Eso me dicen
2012/09/12 // 2 Comentarios
El muchacho tiene estampa de figurín. Cabello engominado, camisa amarilla, pantalón zapote, audífonos y movimientos cónsonos con el ritmo del rap que está escuchando. Le gusta Don Miguelo y repite, sin asomo de rubor, “ella se cree que ta má buena que toel mundo”. Diestro con la tijera, corta y recorta, sigue el trazo del acero y el lienzo no se estropea. Menciona géneros como “tacto piel” y “microfibra”, aconseja a la compradora y ella indaga la razón de su pericia. Aprendió los secretos de las telas trabajando en uno de los grandes almacenes de la capital. Habla de precio, calidad, duración, mientras continúa tarareando. Versión impresa pdf
Retazos suficientes presagian la despedida. La clienta, satisfecha más que agradecida, le pregunta su nombre. “Lenin”.
“¡Oh! Vladimir Ilich Ulianov”, proclama la voz de una nostálgica socialista. La evocación del líder de los bolcheviques, mentor de la Revolución de Octubre, pretende conectar con el acta de nacimiento del joven.
El ciudadano piensa que la doña habla en esperanto, o en lenguas, porque su diccionario no llega hasta la “e”. La továrich insiste, “¿Tu padre es izquierdista?” “No. Izquierdo era mi abuelo, pero nadie salió a él”. “¿Comunista? ¿Del MPD?” “Ay no, él no e de ná”.
La señora intuye algo y omite preguntarle si el papá fue rojo, porque podría entender “colorao” y un reformista no bautizaría Lenin a su vástago, aunque famoso fue Stalin Lebrón in illo tempore. Presa de una necedad innecesaria, inquiere “¿Sabes quién fue Lenin?” “Um, um”. Con un interés improcedente ella dice que Lenin es un apodo, y concluye un resumen Billiken de la historia del primer presidente del Consejo de Comisarios del pueblo soviético. La mirada del muchacho es poco auspiciosa y entre los gorjeos de Don Miguelo, comenta con desgano e infeliz altanería: “Eso me dicen, que era un grande”.
¿Por qué un mozalbete que “baja” las canciones de Don Miguelo, para escucharlas en su Ipod, y es buen vendedor, no se ha interesado por guglear su nombre? Accede a la red, pero eso no le preocupa.
Ningún profesor le ha comentado nada y es evidente que ignora lo ocurrido en la Rusia de los zares. Cualquier pragmático del patio apostaría a la inutilidad del dato. Posiblemente tenga razón. Total, muchos creen que bautizar como Hitler y Mussolini a los vástagos, obedece al cariño por los hermanos Fatule Chaín. Del mismo modo, podrá argüir que es mal de muchos. Divertidas son las anécdotas que retratan la estulticia juvenil, aquí y acullá. Desde aquella recopilación de la maestra vegana con las respuestas de sus estudiantes, los lamentables concursos en los programas de TV hasta las metidas de pata ibéricas, galas, teutonas, inglesas. Imposible olvidar la felicitación a la señora Mago, cuando Saramago ganó el Nobel, y la sarta de confusiones que permite aseverar que Gandhi y Charles Dickens son personajes de cine y Sherlock Holmes existió.
“¿Saben qué se conmemora el 6 de noviembre?”, pregunta un diligente reportero a una muchachada, en el parque de San Cristóbal. Un atrevido responde: “La inauguración de la autopista”.
El riesgo de multiplicar la imbecilidad colectiva es grande. Preferimos ocultar la realidad o comentar el hecho, como chiste. La abulia, la desidia, son improntas perniciosas en el país. Ratifican la permanencia de los males.
Con o sin inversión adecuada para transformar la educación dominicana, es preciso inventar la manera adecuada para motivar a la ciudadanía, provocar entusiasmo más allá del gozo coyuntural, del can de colmadón.
Hay un fastidio colectivo peligroso, una indiferencia sin componte que nos convierte en vulnerables, en víctimas propiciatorias del propio desastre. La tecnología no es salvadora per se, el Internet puede convertirse en tinaja para la sed, pero no en manantial. Buscar como albur es pasatiempo, no conocimiento. Lenin es epítome de la modernidad. Despacha chateando y escuchando canciones. Que ignore el origen de su nombre, poco importa.
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Este artículo demuestra, por si alguien lo duda, que no es tan necesario tocar un instrumento para declararse músico. Basta leer en voz alta, (bueno no tan alta), lo que aquí escribe Carmen Inbert, para sentir el ritmo y al cadencia musical en ello implícita. Cualquiera le recomienda al Conservatorio Nacional de Música estos artículos como método preciso para la comprensión melódica y rítmica del arte musical.
Felicitaciones, querida amiga!
Rafael Solano
Lo que usted narra es un producto más de la desmovilización inducida de nuestros jóvenes, avasallados por horas de consumo de contenidos alienantes que lo desconectan de su realidad, prefieren vivir la realidad que les entrega HTV y ellos se sienten realizados porque reproducen de forma inconsciente comportamientos del individualismo a ultranza, donde lo que importa es vivir el momento sin asumir compromiso de superación de su condición de alienado, que en su interior lo piensa como algo dado y natural. Este cuadro configura la total ruptura de cohesión social que vive nuestra sociedad configurando un cuadro de anomia e inmovilismo que espanta, pero que al mismo tiempo es provechoso para los que nos han impuesto la civilización del espectáculo y su colofón el estado fallido.